La muerte en familia

por | Feb 16, 2018 | Artículos, Noticias | 1 Comentario

Vive como si fueras a morir mañana. Aprende como si fueras a vivir siempre con esta frase de Gandhi, aprendida de Nacho, mi sobrino Miguel brindó estas últimas Navidades, de las más alegres que hemos celebrado en familia. Mi hermano Nacho, el sexto de diez hermanos, se nos fue al Cielo la madrugada del 14 de diciembre, simplemente dejó de respirar, tranquilo y sereno. El próximo 23 de febrero cumpliría 55 años.

Nacho tenía un tumor cancerígeno en la cabeza, un glioblastoma multiforme (astrocitoma grado IV), que le descubrieron en octubre de 2016. Al mes siguiente le operaron extrayendo una parte y en los meses siguientes le trataron con quimio y radioterapia. Le dieron de vida de 12 a 14 meses… A la semana siguiente de intervenir a Nacho, operaban a mi hermana Mamen de un cáncer de páncreas, pillado de casualidad y a tiempo…Para mi, y para mi familia, el año 2017 ha sido un año horribilis a la vez que lleno de sentimientos y emociones.

Desde el minuto uno, toda la familia -los 47 de la “tribu Llorente”- nos volcamos en hacer turnos en el hospital para atender a Nacho, y posteriormente en su casa y en los posteriores ingresos hospitalarios. Cuando el tiempo es limitado, deseas aprovechar todos los momentos, y las conversaciones con Nacho eran muy gratificantes. Además, él se centro en nuestra familia y en sus amigos de una manera activa, con multitud de detalles materiales y de cariño. En uno de sus últimos días nos decía, mirándonos con ternura, “cuanto os quiero, ¿qué más puedo hacer por vosotros?”… Mi hermano no era perfecto, ¡ni muchísimo menos!, pero sus últimos meses de vida han sido alucinantes, nos ha dado una lección de bien morir porque vivió bien, apasionadamente: “lo único que merece la pena en esta vida es hacer la voluntad de Dios y lo único que genera una satisfacción plena es saber que haces la voluntad de Dios”… “tengo un conocimiento de que esta vida tiene un sentido más trascendental del que ninguno le damos a nuestra existencia”… “Evidentemente aunque la muerte asusta y aunque la posibilidad de dejar esta vida genera desasosiego, yo tengo una alegría inmensa, infinita”… “no he estado más feliz en mi vida”. Muchos días se despertaba de noche “dando botes de alegría, de la suerte que tengo”, y exultante iba más allá “tengo una sensación de plenitud absoluta, de que merece la pena esta vida a tope”. Siendo un enfermo terminal, nos decía que “se trata de coger la vida con ganas e ilusión, sabiendo que los problemas existen y afrontarlos de cara”…todos tenemos «incomodidades» (también utilizaba el término cuitas) en la vida, lo queramos o no, el asunto es como los afrontamos.

Nacho era un disfrutón, alegre, detallista, quitaba hierro a las situaciones, sabía escuchar y ponerse en el lugar del otro, buen conversador, con una inteligencia natural preclara, tenía inquietudes intelectuales (lectura, música, arte…) sin caer nunca en la pedantería o pomposidad, con un sentido del humor que le llevaba a reírse de sí mismo. Y todo eso lo transmitía. Quiso que celebráramos mi cumpleaños tirando la casa por la ventana, ya que presentía que sería su última fiesta familiar, y organizo una fiesta hippy con disfraces, música y atrezzo divertidísima, y eso que ese día no se encontraba bien y aguanto como un jabato. Los Llorentes somos muy celebrones, hay tantas cosas por las que ser agradecido

Mi “tribu” es bastante piña, y Nacho ha conseguido que nos uniéramos más, que dejáramos de lado las pequeñeces, los malos entendidos y las miserias que surgen de los roces de la convivencia. Durante estos meses nuestras vidas han girado entorno a Nacho y pienso que nos ha hecho crecer a cada uno en diferentes aspectos. Ahora sobrevivimos al dolor por la pérdida porque superarlo, no se supera. Nos queda el vacío físico, pero él nos ha dejado su huella.

Mi sobrina Blanca lo expresó maravillosamente:

«Has terminado la carrera.

Has alcanzado la meta.

Has ganado la corona del triunfo.

¡Y vaya corona!

Has llegado exprimidito como un limón. Pero feliz, sereno.

Agotado por darlo todo.

Con un corazón más grande que tú (y mira qué es decir…) A base de ir ensanchándolo día a día. Y de dejar que te lo ensanche.

¿De qué sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?

Tú has amado al mundo apasionadamente. Lo has hecho un lugar mejor. Al menos el mundo de los que han tenido la suerte de cruzarse contigo.

Tú has repartido vida. Sin ton ni son. Has repartido cariño, alegría, tu sabiduría (que no es poca). Has despertado a todo aquél que se encontrara en tu camino.

Has sido luz.

No una luz que llama la atención, que deslumbra, pero que es fría, artificial, como luces de neón.

Sino una luz cálida, suave, que calienta cuando te acercas. Que ayuda a dar el verdadero relieve a las cosas. Una luz de fuego.

Y has ganado tu alma. ¡Y la de tantos! Llegas cansadito porque llegas tirando de muchos. ¡Y algunos somos tan pesados! Pero tú a nadie has dejado.

Y me imagino al Jefe, abriendo mucho los brazos para poder abrazarte bien: ¡Bienvenido a casa, campeón!

«Érase una vez un hombrecillo de la tierra…y un Dios que le quería con locura.»

Os invito a que veáis Reflexiones de un directivo a las puertas de la otra Vida (https://www.youtube.com/watch?v=F7pXGgI6Y1c) porque es más interesante escuchar a Nacho en vivo y en directo.

Inés Llorente Martín

Periodista. Master en Matrimonio y Familia

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