WhatsApp

por | Feb 17, 2016 | Artículos | 1 Comentario

whatsapp_detailHace unos días recibí un correo electrónico de José Luis Amat, un buen amigo que, además de leerse todos mis post y añadir siempre algún comentario oportuno, hace una espléndida labor en Granada como Delegado del Foro de la Familia.

En mi escrito reflexionaba sobre los peligros de las redes sociales en los menores de 16 años y, en especial, sobre la popular aplicación de WhatsApp. José Luis en su correo dibujó unas curiosas escenas, por otra parte muy reales, de lo que acontece en un hogar cuando suena el mensajito “has recibido un WhatsApp.”  Con su permiso tomo prestadas sus “pesadillas”:

 Las 6 de la mañana, el teléfono móvil salta en la mesita de noche y da el tono de la llegada de un mensaje. Alarmados, cogemos el móvil por si es una emergencia, pero es una madre que está preparando la mochila de la excursión de su hijo y no sabe si poner dos o tres calcetines y lo pregunta al grupo del chat de la clase.”

A las 7, es otro padre que no sabía nada de la excursión y pregunta.”

A media mañana, salta otro aviso, un padre se queja ante los demás, de que han regañado a su hija, injustamente y pide «la cabeza» del  profesor. Otra madre, se queja de una profesora y durante más de una hora, se produce un intenso intercambio de mensajes. Hay protestas por el tono tan agresivo de algunos y entonces, se organiza el caos, en el que hay, incluso insultos.”

“Al recoger a los niños del colegio, algunas profesoras son abordadas, para recibir quejas sobre un asunto trivial, del que apenas se acuerdan, pero que el niño ha transmitido en directo a sus padres, por WhatsApp.”

A las 11 de la noche, un padre angustiado, pregunta por los deberes que hay para el día siguiente. Como nadie le contesta, se enfada y escribe…”

¿Por qué –me pregunto– nos hemos hecho esclavos del WhatsApp? ¿Nos podemos negar a tener esa aplicación en nuestro móvil? ¿Es posible desinstalarla? ¿Qué utilidad real tiene? ¿Nos ayuda, nos perjudica o todo lo contrario?

Hagamos una pequeña comparación que otrora nos resultaba muy familiar. Cuando recogíamos del buzón de cartas de nuestro domicilio el multicolor mundo de papeles que allí depositaban una diversidad de personajes invisibles… ¿qué hacíamos con ellos? Nos sentamos en el salón o en la cocina de casa y los clasificamos, los jerarquizamos, incluso, antes de contestar a alguna carta o rasgar el sobre de alguna factura o del extracto del banco, nos tomábamos un respiro, pensábamos y luego pasábamos a la acción. Eso mismo debería ocurrir con cada WhatsApp que se apodera de nuestro Smartphone.

Sin embargo, la “curiosidad” nos llama a quedarnos atrapados en el instante y nos embriaga de tal manera que nos deja inermes e incapaces de dilatar en el tiempo la respuesta. Vivimos en la inmediatez de lo inmediato y así, sin pretenderlo, educamos a nuestros hijos… Si bien, es verdad que, por otro lado, somos muy conscientes de que todo lo educativo requiere tiempo, esfuerzo, dedicación, paciencia y… pensar antes de actuar.

¿Qué podríamos hacer?

WhatsApp tiene una función para “silenciar” los grupos, es decir, que evita que nuestro dispositivo nos notifique cada mensajito entrante. Esa sería una solución muy oportuna. Otra opción es silenciar todos los WhatsApp y verlos cuando hayamos cumplido nuestra obligación primera.

No demonicemos todo lo referente a las RRSS, no es mi intención, ni nunca lo será. Creo que hemos de buscar la armonía piagetiana asimilar, acomodación y equilibrio. Es decir, discernir, regular,  regularse y, prinicipalmente, integrar lo digital en nuestra vida familiar, social y laboral, de tal manera que nos ayude, pero que no nos estorbe ni nos esclavice.

Si queremos educar a nuestros hijos en el uso productivo y eficaz de los dispositivos móviles, lo primero que hemos de procurar es empezar por nosotros mismos y educar con el ejemplo.

Imagen de www.pixabay.com

Post de José Javier Rodríguez en Tribuna de Salamanca

Foro Familia