El pasado 25 de marzo, el Tribunal Supremo ratificó su legislación contraria a los vientres de alquiler al denegar la demanda de un español de eliminar del registro la filiación materna de la mujer que fue contratada en México para gestar a dos niñas.
En la resolución de la sentencia se subrayó que: “el interés del menor no puede confundirse con el interés del padre comitente”; así como que las cláusulas establecidas en el contrato son «manifiestamente contrarios a nuestro orden público». Denunciando así, que acuerdos como este «cosifican a las menores haciéndolas una simple mercancía, objeto de un contrato que pretende fijar su filiación con base en el pago de un precio a una mujer, que por lo general actúa impelida por un estado de necesidad acuciante, que se somete a los riesgos asociados a un tratamiento de reproducción asistida y que renuncia a los derechos que como madre gestante le deberían corresponder, y pretende privar a las menores de esa relación de filiación materna así como de su derecho a conocer a su madre».

No es frecuente observar este tipo de postura entre los altos cargos españoles; por lo que merece la pena resaltar un hito como este. Si algo define a nuestro siglo XXI, es su profundo afán capitalista. Un capitalismo que ha engullido nuestras vidas al completo; y nunca mejor dicho; pues hasta la vida se ha convertido en negocio. Son múltiples los países en los que esta práctica se ha convertido en rutina, con mujeres que gestan niños como quien cuida del perro de la vecina cuando se van de vacaciones; pero en este caso, las vacaciones duran nueve meses…
Considero que si un sentimiento puede despertar la gestación subrogada; ese es el de la tristeza. A pesar de que sean muchas parejas las que acudan a ella; y sin menospreciar los motivos por los que lo hagan; así como el de las mujeres que, en muchas ocasiones se ven obligadas a “alquilar sus vientres”; no dejo de pensar en esos niños que no sabrán a quién llamar mamá, porque su concepción vino mediada por un cheque bancario. Tantas y tantas cosas se han convertido en potenciales productos para la industria; pero ¿de verdad era necesario poner a los niños en las estanterías de los supermercados?
Julia Montoro Andriesei, de la asociación universitaria Ápex
